Hay una antigua parábola que cuenta la historia de un hombre que cada día caminaba hasta un arroyo para buscar agua.
Llevaba sobre sus hombros una vara con dos vasijas.
Una estaba en perfectas condiciones y llegaba al final del recorrido completamente llena.
La otra tenía una pequeña grieta.
Durante todo el camino, el agua escapaba lentamente por ella y, cuando llegaban a destino, apenas conservaba la mitad de su contenido.
Durante mucho tiempo, aquella vasija se sintió avergonzada.
Miraba a su compañera llegar cada día llena y pensaba que ella, en cambio, no estaba haciendo correctamente aquello para lo que había sido creada.
Hasta que un día decidió disculparse.
—No consigo hacer bien mi trabajo —le dijo al hombre—. Por mi grieta perdés agua durante todo el recorrido.
El hombre la escuchó y simplemente le pidió que, al día siguiente, mientras regresaban del arroyo, observara con atención el camino.
Entonces la vasija descubrió algo que nunca había visto.
Del lado por donde ella viajaba, el sendero estaba lleno de flores.
El hombre había conocido siempre su grieta.
Y por eso había sembrado semillas a lo largo de aquel borde del camino.
Cada día, sin saberlo, mientras lamentaba el agua que perdía, la vasija estaba regando flores.
¿Cuántas veces miramos solamente nuestra grieta?
Nos ocurre más seguido de lo que creemos.
Miramos aquello que no conseguimos hacer.
Lo que nos falta.
Lo que otros parecen resolver mejor.
Aquella parte de nosotros que quisiéramos cambiar.
Y desde allí construimos una imagen de quiénes somos.
“Debería poder.”
“Debería ser diferente.”
“Los demás pueden.”
“Algo estoy haciendo mal.”
Pero cuando nuestra mirada queda atrapada solamente en aquello que consideramos una falla, podemos dejar de percibir todo lo demás.
No se trata de convertir el dolor en algo bonito
Esta historia no significa que cada dificultad tenga necesariamente un propósito oculto.
Tampoco que debamos agradecer aquello que nos lastimó.
Hay experiencias que duelen, límites que necesitamos reconocer y situaciones que podemos querer cambiar.
La invitación es otra.
Es preguntarnos si estamos mirando nuestra historia únicamente desde aquello que creemos que nos falta.
Porque quizás somos mucho más que nuestras grietas.
Cambiar la mirada
Una de las transformaciones más profundas no siempre ocurre cuando conseguimos modificar una circunstancia.
A veces empieza cuando conseguimos mirarla de otra manera.
Tal vez aquello que durante años consideramos sensibilidad excesiva también nos permitió desarrollar empatía.
Tal vez haber atravesado momentos difíciles nos enseñó a escuchar de otro modo.
Tal vez una experiencia que no elegimos modificó nuestras prioridades.
O quizás todavía no encontramos ninguna flor alrededor de nuestra grieta.
Y también está bien.
No necesitamos encontrar inmediatamente un significado para todo.
Podemos simplemente empezar por tratarnos con un poco más de amabilidad.
¿Y si dejaras de compararte con la otra vasija?
La comparación tiene una trampa: generalmente comparamos aquello que vemos en los demás con aquello que sentimos en nuestro interior.
Vemos resultados.
No vemos recorridos.
Vemos fortalezas.
No conocemos todas las dificultades.
Y mientras observamos cuánto agua conserva la vasija de al lado, podemos olvidarnos de mirar nuestro propio camino.
Tal vez hoy podamos hacernos otras preguntas:
¿Qué parte de mí juzgo con demasiada dureza?
¿Qué estoy llamando “defecto” solamente porque no se parece a lo que esperaba?
¿Qué cosas valiosas pudieron crecer también a lo largo de mi recorrido?
No hace falta tener todas las respuestas.
A veces una transformación comienza solamente con una pregun

